miércoles, 3 de abril de 2013

Por la puerta de la Universidad


En nuestro caminar, el tuyo y el mío, pasamos tres veces por la puerta de la Universidad. Los leones nos miraban incrédulos y llenos de curiosidad, giraban las pétreas bestias sus cabezas para vernos avanzar.

La primera vez que pasamos, parecía ser primavera. Todo era nuevo, tu eras reservado y yo tímida e ingenua. Ninguno sabía qué pasaba pero los dos sonreíamos con nuestras miradas. Parecía que naciese la vida de nuevo, todo estaba lleno de esperanza.

La segunda vez llovía intensamente, y bajo el paraguas estaba mi mirada atenta y tu avidez desapegada. Los dos sabíamos ya lo que queríamos, y esa era nuestra desgracia. Mi anhelo no encontró reflejo en tu alma, ni tu fuego pudo encontrarlo en mi mirada. Los dos cogimos las migajas que el uno al otro nos dábamos y celebramos un banquete a nuestras propias espaldas.

La tercera vez que por allí pasamos ya todo había muerto, no quedaba belleza en mi mirada ni anhelos en tu alma. Mi esperanza había sido estrangulada por tus manos y sin que yo dijese, si quiera, una palabra para salvarla. Tu fuego fue apagado por el odio de esa muerte ya esperada. Sólo llevábamos dolor, agonía y hartazgo en las manos, los bolsillos llenos de tierra, la boca hecha abrojos y el alma ya ausente, y ya seca. Pero fuimos una vez más a la puerta de la Universidad, a conjurar al destino, a gritar que un día hubo esperanza.

Y los leones seguían mirando incrédulos, sin entender nuestros caminos pero esta vez no giraron su cabezas para vernos avanzar...